jueves, 12 de noviembre de 2009

ME DERRITO POR TI

Por fin un día más calientito, yo no quiero más frrrrriiiiooo.
Pero por la cresta que se ha demorado en llegar el calorcito este año, la verdad es que a mí el calor me hace brillar, añoro el tiempo de ponerme un vestidito ligero y sensual y más aún sacármelo sin tener que sufrir un shock, por no ser oso polar o pingüino.
Soy una convencida de que hay ciertos lugares geográficos en los cuales, por su clima, las hormonas deben revolucionarse más fácilmente que en otros, seguramente a eso se debe que asumamos que los caribeños sean más sensuales, pero eso que dice la Carrá “que hay que venir al sur” no sé a cual sur se referirá pero lo que es indiscutible, es que el frio es capaz de matar las pasiones.
Me encanta tirar absolutamente desnuda y sin nada que nos cubra, ni una mantita, pero cuando mi termostato está bajo los 20º entonces para comenzar se me endurecen los pezones y se me pone la piel como carne de gallina, pero como no es precisamente por excitación, cualquier roce me hace saltar desmedidamente y si las manos frías no son muy deseables, los pies fríos son detestables, por lo que me pongo unos calcetines de polar, con los cuales el glamour se me va a la cresta, pero por lo menos dejo de tiritar.
Para los varones yo creo que es tanto o más trágico. Es por todos sabido que el frio surte un efecto de chiquitolina en algunas partes de la anatomía masculina, si bien es cierto este efecto pasa rápidamente cuando los estímulos llegan a su destino, debe ser bien penca iniciar el rito con la idem disminuida.
Ahora sobre gustos no hay nada escrito, me han contado algunas mujeres que les gusta frotar su clítoris con un cubo de hielo.
Hace una montonera de años estaba con un amante en un motel bastante pirulo, como era la hora de almuerzo nos ofrecieron algo para comer y pedimos de postre helado de vainilla. Cuando nos avisaron que el almuerzo estaba servido y que debíamos retirar las bandejas que se encontraban en el compartimento, aún no estábamos dispuestos a hacer una pausa, retiramos las bandejas pensando igual en comer en un rato más, pero el helado iba a comenzar a derretirse. Nos miramos y comenzamos a jugar con el helado, él me puso helado en el cuello y después pasaba la lengua atrapando el helado que se escurría, fue haciendo lo mismo en el ombligo, en el pecho, en el hueco que forman las clavículas. Al principio era rico, hacía calor y el sentir su lengua deslizándose por la piel apenas rozada por el hielo era muy excitante, siguió avanzando y me puso helado en los pezones, ahí ya no fue tan grato, di un saltito y contuve la respiración hasta recuperar el ritmo cardiaco, ayudada por el calor que me brindaba la boca de mi galán, pero cuando llegó a ponerme el amarillo helado en mi zorra, ahí me fui a la cresta, lo sentí como la más brutal de las agresiones, pa´más remate la boca del susodicho ya estaba bastante helada entonces no había nada que pudiera mitigar la brutalidad cometida con mi pobre intimidad. Las puteadas las dije pa’ callado (antes no me atrevía a protestar, era de las sumisas) pero tampoco estaba dispuesta a seguir soportando el congelamiento de mi zorra, así es que tomé el otro pote de helado y partí haciendo lo mismo, le puse helado en la guata y me lo comía lamiendo lo que chorreaba que era más que la cresta porque ya estaba súper derretido , así es que ahorré camino y me fui directamente al pico, más bien a la cabeza y ahí puse una buena porción de helado del lugar que se encontraba más congelado, no alcancé a aplicar la lengua, ya que las puteadas del weón se escucharon claritas, contenidas por respeto pero, puteadas al fin y al cabo.
Al término del juego estábamos pegoteados, helados y sin ganas de nada más. Yo partí a la ducha, el agua caliente me devolvió la sensación de agrado y después de almorzar, el postre estuvo mejor que el helado de vainilla.
Definitivamente yo no estoy hecha para los juegos de invierno.

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